Presentación de ‘El enigma de los seis lunares’ en el FICG 2017.

Presentación de ‘El enigma de los seis lunares’ en el FICG 2017.

La primera novela de Rogelio Agrasánchez Jr., El enigma de los seis lunares, se presentará como parte del programa del Festival Internacional de Cine de Guadalajara el miércoles 15 de marzo de 2017, a las cinco de la tarde, en la sala 14 del Museo de la Artes.

La entrada es libre. Avelino Sordo Vilchis, destacado diseñador editorial, presentará el libro, mismo que él mismo editó y diseñó. Se contará con una presentación digital a cargo del autor de la novela.

Aquí presentamos fragmentos de El enigma de los seis lunares, novela con tinte autobiográfico en que Agrasánchez evoca pasajes de su infancia y adolescencia, los cuales mezcla ingeniosamente con caracteres y aventuras de su invención.

 

Capítulo XX. Una profecía.

Aquella noche… fui a que me aconsejara mi tía Carolina, que era muy entendida en ciencias ocultas.

Vivía en la colonia Portales, cerca del Metro Ermita. … la tía Caro era una mujer impresionante, de cuerpo alto y fornido. Había enviudado dos veces. Su último marido fue un japonés al que adoró locamente; la prueba de ello es que le seguía guardando luto a veinticinco años de su partida.

Mi tía me recibió con tapete rojo, pues hacía años que no me paraba en su casa.

— ¡Vaya, hombre, cómo has crecido y qué formal te ves!— exclamó al abrir la puerta.

Se la pasó un buen rato contándome la historia de sus mascotas. Luego sacó unos animales disecados que dijo habían sido sus más fieles compañeros desde que enviudó. Entre ellos estaban dos loros, un gato siamés y una guacamaya…  Como a la media hora y después de mil rodeos la tía Caro se acomodó en su sillón y puso oídos a mi visita. “A ver, dime; ¿qué te trae hasta acá?”, preguntó al fin. No supe cómo empezar, pues me preocupada que fuera a reírse de mí. “Puedes hablar con toda confianza; ya sabes, de aquí no sale nada”, dijo.

Limpió un poco la mesa y me pidió que me acercara. “¿Quieres que te lea las cartas, hijo?”, preguntó sabiendo que no me iba a hacer de rogar.

… Contesté que sí, explicando que quería saber si algún día Ángela sería mi esposa. La tía Carolina esperaba esta consulta desde hacía tiempo, pues no había cosa más urgente para los enamorados que asegurarse de su futuro. Yo así lo sentía y me preparé a recibir la noticia. “¿De veras, de veras quieres saberlo?”, dijo mañosamente la tía.

Como vio que se me quemaban las habas volvió a barajar los naipes y al destapar el primero sacudió la cabeza. “¡Vaya, vaya! Aquí dice que tu esposa será una mujer con seis lunares en la espalda”, afirmó sin explicar más. Su predicción me dejó perplejo, pues a esas alturas todavía no llegaba a husmearle tanto a Angelita; sólo había podido verle las pecas que tenía en los hombros y unas cuantas más abajo del cuello. Por tal razón me animé a preguntarle a la tía si no había otra señal más fácil de distinguir. “Eso es todo lo que quisieron revelar las cartas”, concluyó guardando la baraja en su estuche.

… Me fui a casa pensando todo el camino en el asunto de los lunares. Fue tan explosiva esta revelación que me moría por verle la espalda a Ángela y averiguar cuántos puntitos tenía allí.

Pobre de mí porque desde ese día no hallaba cómo pedirle a mi novia que se quitara la ropa.

… Sólo viendo sus lunares y contándolos uno a uno podría descansar de este despiadado tormento. Aunque, claro, me arriesgaría a que me diera una bofetada, que era lo más seguro. Para no fallar empecé a armar una estrategia. Le diría que unas hormigas andaban subiéndosele por detrás; con ese cuento ella se dejaría zafar la camisa sin pelear. Lo demás no tenía problema y sólo me llevaría un momento dar con los seis puntitos.

La ocasión se presentó cuando fui a darle unos capulines que había cortado del árbol.

… Esperé a que saboreara los capulines y entonces la engañé diciéndole que unas horribles hormigas se le estaban trepando. Ella ni se movió; al contrario, me pidió que las dejara en paz. Todavía le advertí que había una grandota a punto de metérsele por la nuca. “Dale un manotazo”, me ordenó. Como no podía convencerla del peligro que la amenazaba tuve que inventar otra tontería. “¿Me dejas ver si alguna te picó?”, pregunté tímidamente. Angelita comenzó a sospechar que algo me traía entre manos y quiso saberlo ya. “Mira Quintito, si tu intención es verme la espalda al natural, dímelo”, resolvió.

No pude dar crédito a lo que acababa de escuchar. Poco más o menos, estaba dando a entender que podía quitarle la ropa. Mi cara se puso rojísima y me sentí muy acalorado cuando se lo pedí. “Está bien, pero con una sola condición: que me lleves a conocer al Santo”, dijo así nomás.

 

Yo le prometí llevarla cuando quisiera y para cerrar el trato me dio un apretón de manos. Entonces se volteó y poco a poco fue subiéndose el suéter hasta dejar pelona su espalda. Mi frente ardía de emoción, pues estaba a un paso de confirmar lo que anunciaron las cartas…

—Tienes diez segundos nada más— advirtió.

Afiné bien la vista para contar los lunares pero sólo hallé tres. Busqué como loco por ambos costados, arriba y abajo sin poder dar con los demás.

—Se te acabó el tiempo— anunció y de un jalón se tapó.

Quedé avergonzado, me sentía peor que un burro. Después lo pensé y lo volví a pensar hasta llegar a la conclusión de que o me habían engañado los naipes o ya estaba de Dios que Ángela no fuera mi esposa. Aunque también cabía una tercera suposición que era imposible de probar: ¿Qué tal si los puntitos faltantes los tenía escondidos más abajo de la cintura?

Comenzó a metérseme a la cabeza que esa respetable zona ocultaba la respuesta a mis desvelos.

 

Capítulo XXI. Rayo de Plata

… No fue cosa sencilla obtener una cita con el enmascarado, siendo requisito hablar primero con su representante. Se llamaba Carlitos y él fue quien me advirtió que El Santo andaba muy ocupado. Aunque rogándole un poco hizo una excepción: el enmascarado me dedicaría quince minutos de su tiempo solamente. Para la entrevista me puse de acuerdo con Angelita y le recomendé que más valía llegar puntuales. A la hora fijada tocamos la puerta de la residencia del Santo y nos hizo pasar Carlitos. “En un momento baja el Profe para platicar con ustedes”, indicó invitándonos a tomar asiento. Aclaró que las amistades del enmascarado lo llamaban “Profe” y nos sugirió que también le dijéramos así.

Desde nuestro sillón podíamos ver un reloj de pared que marcaba las tres de la tarde; precisamente entonces vimos bajar al Santo por una escalera. Andaba en bata y pantuflas y traía puesta una máscara diferente a las que usaba en el cuadrilátero. Ésta tenía una abertura grande alrededor de la boca que servía cuando quería comer.

—Buenas tardes, muchachos—, nos saludó deteniéndose en el último escalón. A Angelita le intrigó mucho su voz, pues El Santo no hablaba igual en su casa que en las películas. Ya de cerca, encontró su voz un poco tímida y pegajosa. “Señorita, no se levante y siga sentada”, dijo el Profe acercándose a darnos la mano. Apenas se sentó, comenzó a quejarse del mal tiempo y el tráfico en la ciudad. “No para de llover, parece como el diluvio; y luego esos horribles embotellamientos, ¿no creen que ya es mucho?”, comentó abatido. No nos dio tiempo a contestar, pues siguió de filo. “Déjenme que les cuente las aventuras que pasé en el Periférico el otro día”, dijo emocionado. El Profe saltaba de un suceso a otro recordando los mil obstáculos de la travesía a bordo de su cochecito Ford. “Otro poco y se me acaba la gasolina al llegar al Viaducto; eso hubiera sido fatal para mí”, señaló muy preocupado.

El reloj de la pared marcaba más de las cuatro y El Santo aún no terminaba de narrar sus peripecias en Insurgentes y Avenida Revolución. Hizo una pausa porque sintió la boca seca, y antes de continuar con la segunda parte de este embrollo nos preguntó: “Ah, se me olvidaba; ¿no quieren una copita?” En eso entró su representante y lo aquietó porque ya se tenían que ir al gimnasio. “Espérame tantito, nada más les cuento lo del choque con el camión”, insistió. Carlitos se armó de paciencia y fue a sentarse junto a nosotros. Muy calladitos, escuchamos las revelaciones del Santo en su tropezón con el cafre de la línea Flecha Roja.

Cuando iba ya muy lejos el Profe frenó su charla, se levantó del sillón y nos invitó a que lo siguiéramos. “Vénganse, muchachos; vamos al gimnasio, en el camino les platico lo más interesante”. Casi sin sentirlo se nos fue el tiempo. Los quince minutos que planeábamos pasar al lado de nuestro ídolo se convirtieron en seis horas mientras íbamos de aquí para allá. Lo vimos brincar la cuerda, levantar pesas y ensayar su llave torturadora que nunca le fallaba. Nos confesó que se la había copiado a un viejo amigo: la Muralla Griega. Ángela, aparte de conocer las anécdotas del Profe, descubrió que era un gran charlista.

Seguramente le caímos bien porque, ya para despedirnos, nos invitó a una fiestecita en honor de su nuevo coche sport. “El bautizo será en mi casa; no se lo pueden perder”, advirtió. Antes de decirle adiós sacó una de sus máscaras y se la autografió a Angelita. Nos quedamos con la boca abierta, pues ninguno de los dos esperábamos tantas maravillas del Santo.

“Creo que no estuvo mal el trueque”, me dijo Ángela más tarde y añadió haciendo cuentas con la cabeza: “Una máscara del Santo y medio día pegada a él, a cambio de diez segundos dándote la espalda”.

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