Guillermo Calles: reseña de libro por Gabriel Trujillo Muñoz.

Guillermo Calles: reseña de libro por Gabriel Trujillo Muñoz.

Con la generosa autorización del reconocido escritor, poeta e historiador bajacaliforniano Gabriel Trujillo Muñoz, reproducimos a continuación la reseña que escribió sobre el libro Guillermo Calles: A Biography of the Actor and Mexican Cinema Pioneer, escrito por Rogelio Agrasánchez Jr. y publicado en inglés por McFarland Publishers, Inc., en 2010. Esperamos pronto poder darles la noticia de su publicación en español. Por lo pronto, los interesados en adquirir un ejemplar en inglés, sea en versión digital o impresa, pueden encontrar la obra en las grandes librerías en línea o directamente en http://www.mcfarlandpub.com/book-2.php?id=978-0-7864-4945-3 .

Gabriel Trujillo es un experto en el cine de Baja California. En 2010, la Universidad Autónoma de Baja California publicó su libro Tan cerca de Hollywood: cine, televisión y video en Baja California.

Portada del libro 'Guillermo Calles: A Biography of the Actor and Mexican Cinema Pioneer'. escrito por Rogelio Agrasánchez Jr.

Portada del libro ‘Guillermo Calles: A Biography of the Actor and Mexican Cinema Pioneer’. escrito por Rogelio Agrasánchez Jr.

A continuación va la reseña:

Un pionero del cine nacional en la visión de Rogelio Agrasánchez

Gabriel Trujillo Muñoz

El cine es pasión de muchos. Encarna en el aficionado que no se pierde un estreno de su director favorito, en el creador que quiere aportar algo al séptimo arte y en el investigador que desea descubrir el tesoro de películas perdidas de la historia de este medio de comunicación. De estos últimos personajes, de los investigadores que no cejan hasta encontrar lo que buscan, es Rogelio Agrasánchez, heredero de una familia íntimamente ligada a la producción del cine nacional, actualmente se desempeña como director y curador del archivo fílmico Agrasánchez en Harlingen, Texas, considerado la más grande colección privada sobre el cine mexicano en el mundo. Pero Rogelio también es investigador minucioso, por eso hoy nos entrega  Guillermo Calles. A Biography of the Actor and Mexican Cinema Pioneer (McFarland, edición británica de 2010, estadounidense de 2014), una obra que es, ante todo, un regalo para todos los que nos interesamos en la arqueología cinematográfica, específicamente de las cintas de los inicios del cine mudo mexicano y de una de sus figuras señeras de la primera mitad del siglo XX, Guillermo el Indio Calles (nacido en Chihuahua en 1891 y muerto en 1958), actor que lo mismo trabajó como extra (casi siempre de indio piel roja) en el cine de Hollywood que en nuestro país en cuanto proyecto pudo impulsar como actor o como director. Calles fue, en su momento, especialmente en los años veinte y treinta del siglo pasado, una figura legendaria que tuvo impacto nacional antes de la época de oro del cine nacional. Ya el autor de este libro señala que Calles “se convirtió en el primer actor mexicano en aparecer en cintas hechas en California. A pesar de sus limitados recursos, Calles empezó a dirigir y producir sus propias películas” y fue “pionero como productor de cintas sonoras en español desde 1929. Sus mayores trabajos, entre ellos los filmes perdidos hasta ahora El indio yaqui y Raza de Bronce, ambos de 1927, representan la cruzada infatigable de Calles por restaurar la imagen de los mexicanos y de los indios en una era dominada por los estereotipos de Hollywood”.

El libro de Agrasánchez estudia, con detenimiento, con perspicacia, con clara empatía, los avatares y percances de una carrera como la suya cuando apenas empezaba a consolidarse la industria cinematográfica tanto en el país vecino como en el nuestro. La importancia de este libro para la frontera norte salta a la vista a través de las películas en que intervino y que fueron hechas en el Distrito Norte de Baja California. Para ello, Rogelio nos explica, con una bien documentada iconografía, la relación entre su biografiado y Rafael Corella, el famoso productor de cine que creó su propio estudio de cine en Mexicali, la capital de Baja California, entre 1922 y 1927. En este sentido, esta obra nos muestra algunas fotos fijas de Raza de bronce nunca antes vistas, entre ellas fotos de locaciones exteriores (en un puente sobre el Río Nuevo, en el barrio de Pasadina) o del interior del set cinematográfico que estuvo en la avenida Obregón. Y se nos hace ver que Raza de bronce fue un éxito al otro lado, donde llegó a exhibirse en varios cines de California, donde se presentó en español con subtítulos en ingles, teniendo considerable éxito entre la población de origen mexicano, que vio a esta película como un filme patriótico, que destacaba los valores de la identidad nacional.

Esta obra biográfica es un arcón de los tesoros para cualquier interesado en esta saga artística entre México y los Estados Unidos y en la conformación del cine como instrumento de propaganda en filmes pro-patria. Es, también, un recuento de los esfuerzos, hoy casi olvidados, de unos mexicanos fronterizos que, viviendo a ambos lados de la línea internacional, utilizaron la ventaja de su cercanía con Hollywood para allegarse actores, técnicos, escenografías e incluso directores estadounidenses con tal de ver convertidos sus sueños en una realidad visual, en películas que trataban de mostrar lo que era ser mexicano, lo que era ser indio desde sus propias mitologías personales, desde la recreación de sus leyendas fronterizas. Lo que hizo un hombre como Guillermo Calles fue recordarle a los mexicanos que la historia, nuestra historia, debemos contarla nosotros mismos si no queremos que otros se queden con el monopolio de lo que se presenta, en la industria del cine, como mexicano, como indígena.

En todo caso, la labor de Rogelio Agrasánchez es de agradecerse en todo lo que vale. Y vale mucho, se los aseguro, para todos los cronistas e historiadores del cine como espejo de nuestra sociedad, para todos los que investigan este arte en movimiento como expresión de una colectividad que, en aquellos tiempos, iba creando su propia identidad en la periferia misma de nuestro país. Un libro como éste, como el propio autor lo indica, es una exploración por “un territorio virgen” y es resultado de un trabajo paciente y de un anhelo por rescatar lo nuestro y a los nuestros por más olvidados que estén hoy en día. Los casos de Guillermo Calles y de Rafael Corella lo demuestran con creces: por más ocultos que se encuentren sus cintas, desde Baja California a Raza de bronce, nada está perdido para siempre si hay quien se empeña en rastrear las huellas que dejaron, las obras que hicieron para todos nosotros hace ya casi cien años.

Para los afectos al séptimo arte, para los Indiana Jones de la cultura fronteriza, la aparición de este libro es para festejarse. He aquí una exhumación veraz, bien tejida, finamente documentada, de lo que hasta hoy se sabe del primer actor mexicano de fama internacional. No le tocaron a Guillermo Calles, es cierto, los papeles que mereció tener. En general Hollywood lo usó de extra o de villano frente al vaquero gringo. Pero Calles aprovechó  la discriminación de que fue objeto en los estudios de cine del otro lado para crear otra versión del mexicano, del indio, del fronterizo. Y cuantas veces tuvo oportunidad expuso al otro México, el valiente, el gentil, el caballeroso. Rogelio Agrasánchez nos presenta un luchador social disfrazado de actor secundario. Un promotor de nuestra nacionalidad en todo tiempo y lugar. Un hombre que aceptó venir a Mexicali para filmar las aventuras de la raza de bronce, la vida revolucionaria como fiesta para todos, el destino de la patria como batalla campal.

Lo que dijo Guillermo Calles en 1929 pudieron haberlo dicho los directores de cine que siguieron sus pasos, desde Emilio Fernández a Guillermo del Toro, de Matilde Landeta a Alfonso Cuarón: “Yo quiero hacer películas que asombren al mundo”. En cierta forma, su interés por un cine mexicano que traspasara fronteras, con relatos intensos y visionarios, sigue siendo la ruta a seguir un siglo más tarde. Un objetivo tan válido entonces como ahora para contar lo que somos desde nuestra propia perspectiva, desde nuestra propia idiosincrasia. Y ese aspecto de la vida y obra de Calles es lo que Rogelio Agrasánchez remarca en su extraordinaria biografía: la búsqueda de lo mexicano desde la periferia del país, de lo nacional desde las comunidades fronterizas asentadas en ambas Californias. Hollywood podía poner a los mexicanos como simples bandidos o como indios traicioneros, mientras que Calles mostraba los otros rostros de México: los de una cultura milenaria rica en logros artísticos, los de un país que reclamaba ya un lugar en el mundo moderno a través del séptimo arte. De tal forma que las películas de Calles y de Corella eran un triunfo por el solo hecho de que eran obras creativas pensadas tanto para el público nacional como para el extranjero. Productos de un cine fronterizo sin complejos de inferioridad ante propios y extraños.

Pero más allá de que Calles trabajara para el cine de Hollywood y para el cine mexicano, entre 1912 y 1958, como todo un profesional, sus vínculos con Baja California fueron inextricables: primero con Rafael Corella hizo en Mexicali Raza de bronce (1927) y en Ensenada Sol de gloria (1928), para luego, a mediados de los años treinta, residir en Tijuana, donde estableció una empresa cooperativa llamada Producciones cinematográficas de Baja California en 1936. Sin embargo, debido a la situación de crisis económica prevaleciente en la frontera y ante las turbulencias de los decretos de prohibición de las casas de juego y de la inversión extranjera durante el régimen cardenista, este proyecto se detuvo obligando a Calles a trasladarse a la ciudad de México para seguir su carrera como director de cine y actor dramático. Baja California permaneció, de todas formas, como el punto de unión entre su trabajo en el cine nacional y sus continuas apariciones en el cine estadounidense. Y en una de las últimas películas en que actuó, Seven Cities of Gold (1955), Calles la hizo de un jefe indio bajacaliforniano que se resiste a los “regalos” que le ofrece el misionero franciscano Junípero Serra para convertirlo al cristianismo.

Hasta el final, Calles se mantuvo en el campo de los indios, de los marginados, de los rebeldes. Y no fue una posición que mostrara sólo ante las cámaras, pues llegó a hacer huelga de hambre en el mismísimo palacio de Bellas Artes en 1954, cuando sus derechos laborales chocaron contra el poderoso sindicato de directores mexicanos que no lo quería reconocer como uno de los suyos. Tal fue la personalidad única de Guillermo Calles arriba y abajo de los escenarios: la de un luchador nato, la de un artista que siempre tuvo conciencia de su propio valor aquí y en todas partes. Hoy, gracias a la biografía de Rogelio Agrasánchez, podemos aquilatar lo que le debe el cine mexicano y el cine de Hollywood a este creador singular, a este pionero que abrió caminos para cimentar una industria que él vio dar sus primeros pasos, que él llevó a cuestas cuando pocos daban un cinco por ella. De tal magnitud es la grandeza de este personaje tan descuidado por la historia nacional, tan olvidado por todos nosotros.

 

 

 

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