El teatro en México en 1919.

El teatro en México.

Por Mrs. William Llewellyn Saunders.

Título original: The Drama in Mexico.

Artículo aparecido en The Drama: Monthly Review, en el No. 4, Vol. 10, de enero de 1920. Esta revista era publicada por The Drama Corporation para The Drama League of America.

Traducido en el Archivo Fílmico Agrasánchez en octubre de 2012.

Poco se ha podido averiguar acerca de la Sra. Llewellyn Saunders, excepto que era dramaturga y que tenía su residencia permanente en St. Louis, Missouri, en Estados Unidos. Fue presidente de la Art League en dicha ciudad y hay evidencia de que viajaba con frecuencia al extranjero.

 Su artículo fue elegido para la sección Miscelánea de nuestro blog Filmotropo porque presenta una visión interesante de la situación del teatro en México en 1919.

 El artículo original está ilustrado con fotografías de estudio de Eugenia Torres, “la principal dramaturga de México y notable actriz”; de Columba Quintana, de María Caballé y de Julio Taboada, “el John Drew mexicano”.

 Las palabras entrecomilladas lo estaban así en el texto original.

 

*****

En un país asolado por diez turbulentos años de revolución, y no totalmente aliviado después de tres años de reconstrucción, sería demasiado esperar que las artes se encontraran en condición muy floreciente. El teatro –quizá más que el resto de las artes- languidece en tiempos difíciles, ya que requiere de una comunidad lo suficientemente tranquila para apoyarlo. Por ello, no nos sorprende que México tenga muy poca vida teatral y un público más bien indiferente en la actualidad.

A pesar de ello, no puedo estar de acuerdo con el crítico –pintorescamente franco, como suelen ser los críticos mexicanos- que describe la situación presente del teatro como “reducida, viciada y raquítica”. Es evidente que la sana ambición y el vigoroso propósito con que se trabaja por el mejoramiento del teatro empiezan a dar resultados, a pesar de los muchos obstáculos. México tiene el problema de su aislamiento geográfico. No tiene las relaciones cercanas con otros países, el constante intercambio de ideas que ha dado a dichas naciones la cultura bien balanceada que poseen. La necesidad de formar sus propios ideales y de fijar sus propios parámetros ha ralentizado su proceso de desarrollo artístico.  Esto no es totalmente desventajoso, porque [los artistas] han adquirido así una refrescante independencia de pensamiento que será invaluable en su futura evolución –especialmente en la del teatro.

Por ello, la condición del teatro puede ser “reducida”, pero ciertamente no es “viciada y raquítica”. Durante la revolución, cuando era peligroso andar por la calle en la noche, naturalmente decayó el hábito de ir al teatro y, dado que los mexicanos son más relajados que amantes de las diversiones, han sido algo lentos en retomar el ritmo, por lo que los siete teatros no se llenan y las funciones son recibidas frecuentemente con indiferencia. En realidad, hay poca vida nocturna en la ciudad de México. Las calles del centro lucen desiertas a las once de la noche; hay un solo café en que se puede bailar por las tardes y es imposible encontrar un restaurante abierto para cenar a la salida del teatro. Siendo los mexicanos serios y tranquilos en sus gustos –debido, quizá, a su herencia indígena- puede ser que prefieran pasar las veladas leyendo. Deben leer muchísimo, porque yo nunca he visto una ciudad con tantas librerías.

En mi opinión, la razón más poderosa de la indiferencia por el teatro en México es que es país se encuentra aún en el estado lírico de desarrollo. La expresión natural del pueblo es la poesía; su pasión artística es la música. Su vuelven locos con la ópera y se gastarían hasta su último centavo en un concierto. Aún en el cine, el público nunca está lo suficientemente absorto en las emociones de la pantalla como para olvidar dar un aplauso a una pieza musical bien ejecutada y es muy posible que lo callen a uno si habla mientras suena la música. ¡En el cine!

De todas formas, curiosamente, aunque el teatro como tal no interesa tanto a los mexicanos, éstos exigen calidad histriónica en las funciones de ópera –y la obtienen. En una de esas funciones [llevada a cabo] en un “deslucido” teatro, en el que varios perros sesteaban plácidamente a los pies de sus dueños (¿y por qué no, pregunto, debería permitirse a los perros ir al teatro, mientras sepan comportarse?) asistí a la más apasionante representación de La Bohemia que haya escuchado jamás. Porque estos cantantes mexicanos hacen la ópera viva. Llenan la obra de Puccini de juventud; una juventud gloriosa, apasionada, trágica: “la juventud que canta y llora en el corazón”. [Esa función] me hizo recordar un hecho que muchas estrellas de la ópera me habían hecho olvidar: que Mimí tenía sólo dieciocho años y que Marcelo y Rodolfo eran casi unos niños. María Romero, que cantó Mimí, es una de los ídolos del público mexicano. [Los espectadores] son muy leales con sus compatriotas y la tormenta de aplausos que siguió a cada una de sus interpretaciones fue de aquéllas que suelen reservarse para cantantes de renombre internacional.

Y, a propósito, una estrella de primera magnitud que se presentó recientemente en México fue severamente criticada por su falta de talento histriónico. Concedían que su voz era magnífica, pero su actuación fue considerada como más afectada que realmente dramática. Se le comparó desfavorablemente con otros miembros de la compañía –cantantes que habían aprendido que en México se debe actuar además de cantar.

La opereta es menos popular, aunque hay dos compañías que ofrecen funciones bastante buenas de las obras más conocidas y de las típicas zarzuelas españolas.

Uno de los siete teatros, el Ideal, es sede de la compañía de Julio Taboada. Taboada es un buen actor, del tipo de John Drew; de hecho, lo vi en una de las obras de éste último. [Julio] está muy bien informado sobre las novedades y pone todas las obras modernas, incluso las de la escuela rusa. Trabaja animosamente para lograr que su teatro sea representativo de su tiempo, a pesar de la indiferencia del “Monstruo” -apodo que los críticos teatrales dan al público. Vi una excelente representación de La cursi de Benavente ante un público muy escaso y me volví a preguntar sobre la viabilidad de trabajar “por amor al arte”. Porque ciertamente [estos artistas] no obtuvieron otro tipo de recompensa.

El precio de los boletos de teatro es ridículamente bajo –más en el Ideal que en el resto- y las funciones más demandantes que en  ningún otro país que yo conozca. Los domingos, los jueves y los días festivos hay tres funciones: una a las cuatro, una a las siete y otra a las nueve. Los lunes, los miércoles y los viernes la Moda, que es la función de las siete, incluye dos obras por el mismo boleto. ¡No es una vida fácil! Y aún así, Taboada; su talentosa dama joven, María Tereza Montoya; y Antonio Galé, que es director, lector, administrador y ocasionalmente actor, continúan poniendo en escena las obras de Benavente, Linares Rivas, Galdós, Bracco, Henry Arthur Jones, Tolstoi, Brieux y demás dramaturgos. Estoy segura de que encuentran su mayor satisfacción en el valor artístico de su trabajo.

Es una pena que Taboada –y muchos de los otros productores teatrales en la ciudad de México- elijan entremeses franceses para sus funciones populares. Muchos de ellos son tan insípidos que no creo representen realmente los gustos de la gente. Los mexicanos son algo parecidos a los estadounidenses en su deseo de que las cosas se desarrollen rápida y vívidamente; en su amor por el color, la acción y la vida. No puede haber nada más pesado que un sainete baladí y un poco pasado de moda, como son la mayoría; protagonizados por la suegra cómica y representados por actores con un temperamento inadecuado para sus papeles. Los públicos los ven [pacientemente], pero no parecen disfrutarlos.

Arriesgando una teoría, yo diría que una razón de peso para la poca asistencia al teatro es que los productores no adquieren el tipo adecuado de obras. Esto lo deduzco en parte por la clase de películas que atraen [a los espectadores] al cine. Las obras que llenan los cines, aún cuando los precios sean del doble o triple [que los de los teatros] retratan las emociones humanas reales, los sentimientos genuinos; [ofrecen] diversión, aventura, misterio, melodrama. Cualquier cosa, de hecho, excepto la artificialidad y la atmósfera insincera de la intriga de sociedad, motif de la mayoría de las obras ligeras francesas.

Creo que algunas de nuestras obras estadounidenses más brillantes podrían popularizarse en México si se tradujeran. En realidad, creo que un pequeño teatro para representaciones en inglés podría tener éxito, porque aparte de los muchos estadounidenses e ingleses residentes aquí –muchos de los cuales no hablan español y, por lo tanto, carecen de toda actividad teatral-, hay muchos mexicanos que hablan inglés y tienen más interés por lo estadounidense de lo que pensamos.

Creo que [hasta ahora] no se ha intentado dar funciones en inglés, excepto por unas cuantas comedias musicales y algunas producciones de aficionados. El “Little Theatre Movement”[1] no ha penetrado [en México], ni en inglés ni en español. Esto es raro, puesto que está muy extendido en los Estados Unidos y en España se creó el moderno género chico y ambos países tienen gran influencia en México.

De cualquier forma, como ya dije, los mexicanos crean sus propios parámetros; no siguen [tendencias ajenas] ciegamente, sino sólo hasta el punto que consideran conveniente. Hasta ahora, el teatro nacional –porque cuentan con él y con un grupo de dramaturgos muy activos e intelectuales- está desarrollando, a partir del drama histórico, sociológico, poético y de tesis, la obra que requiere un gran lienzo y anchas pinceladas: [su propia identidad].

Los mexicanos son patriotas intensos, así es que en los problemas de su civilización moderna y en el tesoro maravillosamente rico de su pasado habría material suficiente para llenar los teatros con obras nacionales, si no fuera porque los escritores de teatro de este país, como los dramaturgos de todo el mundo, no son profetas en su propia tierra.

“Hay” –dijo un dramaturgo quien, después de haberse dedicado al teatro por muchos años renunció a él en un rapto de desesperación, para convertirse en hombre de negocios- “entre seis y siete mil obras nacionales que no se han puesto en escena. En mis viajes de negocios, la primera cosa que hago después de terminar mis ventas es ponerme en comunicación con los mártires teatrales de la localidad. Puedo decir que he conocido a todos los genios incógnitos del país y por eso puedo calcular por cuánto supera la oferta a la demanda [de obras mexicanas]. Se me ha ocurrido algunas veces, ahora que las organizaciones están de moda, el formar una cámara, liga o asamblea para exigir a las autoridades que protejan nuestros intereses y produzcan nuestras obras”.

A falta de ello, no se ponen en escena obras nacionales frecuentemente, a menos que sea por los esfuerzos personales del escritor y, dado que hasta ahora no existe una “sociedad de dramaturgos mexicanos”, el escritor tendría muy pocas oportunidades de mostrar públicamente su trabajo, si no fuera por los desinteresados trabajos de El Universal, uno de los periódicos más importantes de la ciudad de México, el cual ha tomado bajo su protección al talento literario de la capital y está haciendo todo lo que un diario es capaz para familiarizar a la gente con el hecho de que tienen en su propio país escritores cuyo trabajo debiera ser reconocido. [El Universal] organiza de cuando en cuando concursos de poesía, cuento y drama; [por otra parte], en su equipo se cuentan dramaturgos y poetas a quienes se motiva para que creen trabajos literarios, no solamente periodísticos. [También] tienen un auditorio en que se leen obras de dramaturgos y otros escritores, seleccionadas con gran cuidado. Dado su valor, resulta que todos los trabajos presentados reciben una especie de subsidio informal. En pocas palabras, El Universal está ayudando a moldear la opinión [con respecto al teatro nacional].

Felizmente, hay una posibilidad para que en breve se produzcan [más] obras de dramaturgos mexicanos, ya que la Escuela Nacional de Arte Teatral anunció recientemente que dará preferencia a obras de autores nacionales para sus funciones de ahora en adelante. Este importante paso, cuya relevancia es insoslayable, fue resultado de la separación de la Escuela de Arte Teatral del Conservatorio de Música y Declamación, sucedida el año pasado. La Escuela de Arte Teatral es ahora una institución autónoma, con presupuesto propio asignado por el gobierno, y con el propósito definido de fomentar la expresión dramática en el país, tanto en el campo creativo como en el interpretativo.

[La Escuela Nacional de Arte Teatral] está bajo la dirección de Julio Jiménez Rueda, joven capaz y de amplia cultura, dramaturgo él mismo; los otros miembros del profesorado: Enrique Tovar Ávalos, Eugenia Méndez Torres, María Luisa Ross, tienen todos la experiencia técnica profesional necesaria para llegar a grandes logros. Su trabajo es siempre ambicioso; en agosto pasado pusieron La cena de las burlas de Bellini para sus funciones de graduación. Meses antes [habían puesto] Marianela, la casi olvidada novela de [Benito Pérez] Galdós, adaptada para el teatro por los Quintero[2]. [Esta adaptación] es gran favorita en México y se pone en escena más frecuentemente que los dramas del mismo autor.

La Escuela de Arte Teatral, bajo el amparo del Gobierno –que siempre ha mostrado un paternal interés en la evolución del arte en el país- podrá seguramente hacer mucho en el sentido de acostumbrar al “Monstruo” a la idea de patrocinar obras de artistas nacionales.

Y no habrá escasez de obras, empezando por Jiménez Rueda, cuyo más reciente trabajo, Como en la vida, ganó el primer premio en un concurso promovido por la Universidad[3] y que tiene en su portafolios Carios abogados[4], Balada de Navidad y La caída de las flores. Él es costumbrista; esto es, realista o más bien “naturalista”; tiene un estilo brillante y se le considera maestro del diálogo.

Antonio Médiz Bolio es uno de los elementos más sólidos del grupo de dramaturgos. Es director de El Heraldo[5], uno de los periódicos más influyentes de México, por lo que se puede esperar de él un amplio conocimiento de las condiciones sociológicas y económicas; conocimiento que, aunado a su larga trayectoria como abogado, lo ha orientado inevitablemente al drama de tesis. De ahí su trilogía de dramas sociológicos, de los cuales sólo uno, La ola, ha sido presentado al público hasta el momento. [Estas obras] son el resultado lógico de su activa vida política y de negocios y, posiblemente, la expresión de su propia personalidad. Como quiera que sea, [Médiz Bolio] ha conservado, en medio del torbellino de la vida material, el idealismo y la imaginación necesarios para escribir su drama histórico en verso La flecha del sol, su obra más ambiciosa. Está pintorescamente dedicada a “las sombras heroicas y gloriosas del más noble y poderoso Cuauhtemotzin, Emperador de los Aztecas, y al más valiente e intrépido capitán don Hernando de Cortés”. El primer acto tiene lugar a las orillas del Lago de Texcoco; el segundo, en el Palacio de los Reyes en el Cerro de Chapultepec y, el tercero, en el corazón de la selva virgen del Anáhuac.

Marcelino Dávalos es un dramaturgo de carácter totalmente distinto. Aunque hombre de letras, abogado, poeta y actualmente secretario privado del Gobernador de Coahuila, él se ha desligado audaz y alegremente de la aristocracia literaria para identificarse con el pueblo. El suyo es un teatro vernáculo, que palpita con la vibración del alma de la raza; él es el dramaturgo de las masas. Y por alguna razón –quizá por la atracción de los opuestos- su trabajo pronto ganó la atención de Virginia Fábregas, la más grande trágica que México haya producido; su apoyo e influencia le significaron [a Dávalos] un rápido reconocimiento. Él es un escritor infatigable y la lista de sus obras, interminable. Entre las más exitosas están: El último cuadro, Así pasan, Guadalupe, Jardines trágicos y Lo viejo. Últimamente, en giro total de su estilo usual, escribió un drama simbólico en verso: Águilas y estrellas.

Entre las mujeres escritoras, Eugenia Torres es la más notable. [Poseedora] de una fuerte personalidad y un intelecto vigoroso, actriz por muchos años antes de convertirse en escritora, su carrera entera ha sido entrenamiento práctico para la dramaturgia. A la edad de dieciséis años su talento era tan evidente, que María Guerrero –la famosa actriz española, trabajando en México en esos días- la llevó a España con una beca del gobierno mexicano. Allá estuvo [Eugenia] por cinco años, estudiando bajo la batuta técnica de la Guerrero, en obras escritas por los dramaturgos que han llevado el teatro español moderno a la fama. La joven regresó a México casada y dejó la escena; desde entonces, ha aparecido solamente en funciones de caridad y beneficio. Habiendo sentido la necesidad de expresar sus inquietudes dramáticas empezó a escribir. Primero tradujo obras de autores italianos y franceses y finalmente, al adquirir confianza en sí misma, puso sus ideas en papel, en forma de dramas. Sus obras son de carácter emocional y todas han sido cálidamente acogidas. Las más importantes son: En torno de la quimera, Aventura sentimental, Vencida y La muñeca rota. Actualmente se haya al frente de la clase de técnica dramática en la Escuela de Arte Teatral y dedica su tiempo libre a escribir.

Federico Gamboa es un escritor de convicciones profundas; audaz y atrevido en la exposición de sus ideas. En La venganza de la gleba se ocupa de la causa de los tan explotados trabajadores, la “plebe” que se rebela. Su trabajo se ha comparado con el de Dicents[6], porque ambos tienen que ver con el proletariado pero hay una diferencia: Dicents es un romántico puro y simple, mientras que Gamboa siempre aborda el conflicto entre clases.

Otros escritores son Rafael Pérez Taylor, Enrique de Llano, Eusebio de la Cueva; José López Portillo y Rojas, Ricardo del Castillo; María Luisa Ross, Eduardo Macedo y Abreu, Alberto Michel y Teresita Farías de Issasi; éstos dos últimos, ganadores de premios en un reciente concurso convocado por la Universidad Nacional. Hay muchos otros, por supuesto.

Dejemos el tema de los autores, de los cuales cada uno tiene seleccionado un grupo de intérpretes, con cuya colaboración cuenta en el feliz evento de lograr un contrato profesional y una temporada larga.

La mayoría de los actores en México son mexicanos. Compañías españolas, italianas y sudamericanas visitan el país de cuando en cuando, pero como están las cosas ahora hay poco aliciente para que artistas extranjeros se establezcan aquí. Así, el público depende del talento local en el caso del teatro. No pierde nada con ello, ya que hay muchos actores excelentes entre los mexicanos –de hecho, más de los que pueden conseguir contratos la mayor parte del tiempo.

Aparte de quienes he hablado ya, recuerdo especialmente a Dora Vila, una joven artista espiritual y encantadora, cuya interpretación del papel de ‘Marianela’ –en una compañía en que cada parte fue desempeñada por un actor de gran talento histriónico- se distinguió de los demás por la sutileza y delicadeza con que hizo un personaje tan difícil y casi demasiado emotivo.

También están Luis G. Barreiro, comediante cuya brillantez e inteligencia no pueden ser opacadas ni en el más insulso sainete francés; María Conesa, bailando, cantando y coqueteando en zarzuelas y operetas; Luis Noriega, un graduado reciente de la escuela de teatro, quien ya está haciendo protagónicos juveniles, a los que da un toque cosmopolita. La hermosa Mimí Derba, Rosa Fuertes, la Grifell; Enrique Tovar Ávalos, Ricardo Mutio, Ángel Soto y, dejando lo mejor para el final, Virginia Fábregas, el orgullo de todo México; notable no sólo por su arte, sino por su belleza, elegancia y chic. Su papel más celebrado es la ‘Dolores’ de Feliú i Codina, pero todos los grandes personajes dramáticos están en su repertorio: [la ‘Margarita’ de] La dama de las camelias, ‘Safo’, ‘la señora X’, ‘Paula Tanquary’, ‘Yanetta’. Su interpretación del exigente papel de la ‘señora X’ es especialmente conmovedora. Como está haciendo una temporada en La Habana, no tuve oportunidad de verla.

En resumen, yo diría que hay mucho material bueno aquí; en realidad, [hay] la mayoría de los elementos necesarios para un pleno desarrollo teatral; se necesita solamente la mano del organizador para unirlos y para encontrar el punto de contacto entre el teatro y el público. Se requieren directores –como en todas partes. También  hacen falta encargados de vestuario y escenógrafos de amplia cultura.

Cuando el renacimiento de México, iniciado bajo tan buenos auspicios, se torne más y más completo estas necesidades serán cubiertas. Para el tiempo en que el precioso Teatro Nacional[7] sea terminado habrá, sin duda, producciones dignas de su belleza listas para ser puestas en tan idóneo escenario.

La vista de este teatro, casi terminado, es impresionante. La obra comenzada hace doce años; la inmensa suma destinada a su terminación perdida en una de las tantas revoluciones…podría haber parecido, durante los años tumultuosos, como una vista típica de México: México en sus sueños magníficos, sus ambiciones insatisfechas, su idealismo impráctico.

El blanco mármol de las paredes del teatro contra el cielo de media noche, como lo vi por primera vez, evocaba el Taj Mahal: un sarcófago para el alma asesinada de México.

Pero eso fue ayer y hoy esa alma ha despertado y qué mejor hogar podría encontrar que el Teatro Nacional, donde puede revelarse, vibrante de vida, en las obras de su pueblo.

Traducido en octubre de 2012.


[1]N. del T.: Este movimiento se originó en ciudades estadounidenses grandes, como Chicago y Detroit, cuando el cine comenzó a desbancar al teatro como espectáculo para las masas, en 1912. Se formaron compañías para poner en escena obras más íntimas, sin fines de lucro y de mentalidad liberal. Fuente: Bryer, Jackson. ed. The Theatre We Worked For. Yale University Press, New Haven and London, 1982. p. 9, citada en Wikipedia: http://en.wikipedia.org/wiki/Little_Theatre_Movement#cite_note-0.

[2] N. del T.: Los hermanos Serafín y Joaquín Álvarez Quintero, dramaturgos españoles.

[3] N. del T.: Universidad Nacional Autónoma de México.

[4] N. del T.: Así escrito en el original; no se pudo encontrar título alguno entre las obras conocidas de Jiménez Rueda que pueda corresponder a éste.

[5] N. del T.: El Heraldo de México, publicado en la capital del país.

[6]N. del T.: Lo más probable es en realidad se refiera a Charles Dickens; no se encontró dato alguno sobre un dramaturgo de apellido Dicents. Por el contexto, bien pudiera tratarse de Dickens, aunque a Gamboa solía comparársele más bien con Zola, mientras que Dickens era equiparado con José López Portillo y Rojas.

[7] N. del T.: El Palacio de Bellas Artes, inaugurado el 29 de septiembre de 1934.

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